11 ene. 2017

UNA "LUNA REDONDA" ALUMBRÓ AL "CHAQUEÑO" PALAVECINO



Redonda y brillante, la luna era un farol insomne que no se rendía ni a las nubes ni la hondura de la madrugada: la noche ya había atravesado las cuatro y al Chaqueño Palavecino, al cabo de dos horas en acción, todavía le quedaba un tema más en la galera de su incesante repertorio de paisajes cantados del país de bien adentro

El sexto capítulo de Jesús María marcó la mayor asistencia de lo que va de la edición 2017: 13.500 entradas vendidas: sí, la atmósfera tenía ese toque de gran intensidad compartida que las grandes noches que este festival puede dar a vivir.
De alguna manera, también expondría el abanico que cabe entre dos expresiones que a primera vista parecen necesariamente bastante coincidentes: dos propuestas salteñas en un un festival de folklore: Los Huayra y el mencionado Palavecino, quien incluso los apuntalara en su primera excursión en Jesús María, hace más de una década.
El momento señalado de Los Huayra fue la medianoche, después de que pasaran Juan Bautista y sus motivos cordobeses, y las bravas muchachas salteñas de Alma Carpera.
El sexteto de jóvenes de la capital salteña, que se afirma sobre todo en la destacada voz de Juan Fuentes y la sensible guitarra de Juan José Vasconcellos, ha ido pronunciando su camino estético hacia recursos del rock _que a veces no sólo se trata de matices sino de contundencia con voces a demasiado volumen_, y a modales pop para plantear algunos de sus contenidos románticos. Son capaces de torcer claramente el clima según varían sus afrontamientos, como cuando se reúnen en un círculo pequeño con guitarras bajo, voces y percusión, como si estuvieran desenchufados.
Parte del repertorio desplegado en una hora tenía que ver con el nuevos disco Giro.Y mientras que buena parte de la gente bailaba entre las planteas y en las tribunas, pasaron emblemas como La noche sin ti (le dieron de cantar las dos veces el estribillo a la gente; demasiado). 
Pasaron por motivos folklóricos pero sin despojarse de algunos de los modos que le imprimen a todo. “Viva la música argentina”, dijo Juan Fuentes antes de que se despidieran cantando Fiesta, de Serrat, a puro rock and roll. Y sí, los ríos de sonidos que confluyen en la gente y particularmente en los festivales hace tiempo ya que bajan desde distintos lados. La cuestión a veces es dónque queda el sustento que da el sentido a la totalidad, el punto uno de la cuenta.
La multitud no sólo lo sintió natural sino que bailó con ganas, como también lo haría después cuando el Chaqueño desplegó su manera criolla de cantar, tocar y elegir las canciones. El campo de la doma, ya abierto a la gente, entonces sería una pista de danza argentina y no sólo un recinto de adoradores.
En ese campo fue que, sobre un caballo, asomó Palavecino como parte de un acto de homenaje al patriota y revolucionario Martín Miguel de Güemes, con la participación de la Banda de Gendarmería Nacional y jinetes ataviados como los legendarios infernales del caudillo salteño, que lucharon para cambiar el orden colonial por la libertad.
Fue junto a la Banda que atravesó las primeros cuatro temas de las casi 40 que llevó adelante a paso redoblado, como es su estilo, trajinado y de generosa entrega, en una hazaña posible por la resistencia de su voz que sostiene en lo alto la vibración de las canciones. 
Los recursos del Chaqueño para subrayar el impacto son sencillos: por ejemplo, cinco guitarras (incluyendo la suya) sosteniendo con vigor los acordes básicos, más una primera, tres violines, bandoneón, bombo y un bajo en manos del talentoso Claudio Pacheco, cordobés de Deán funes, el director musical. Lo demás es canto, sudor y pasión.
Para la última versión del final que siguió a varios bises, llamó a los dos Huayra que habían quedado en el anfiteatro, Fuentes y Vasconcelos, precisamente, para un cierre bien de origen con La Cerrillana y Recuerdos salteños.

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